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viernes, 3 de julio de 2026

El espejo invertido de Saura: 'Día de caza' y la asfixiante autopsia social de la España contemporánea.


Adentrarse en el territorio sagrado de Carlos Saura y su fundacional La caza (1966) es un ejercicio cinematográfico de altísimo riesgo, pero el director Pedro Aguilera acepta el órdago con una audacia pasmosa en Día de caza, que llega a las salas de cine este 3 de julio de 2026.

(https://www.rtve.es/noticias/20260701/rossy-palma-blanca-portillo-carmen-machi-estrenan-dia-caza-violencia-hipocresia-han-aumentado/17125934.shtml)



Esta revisión contemporánea elude con inteligencia la mera copia o el homenaje nostálgico; en su lugar, decide voltear el espejo de forma radical. Si la obra maestra original utilizaba la masculinidad herida del tardofranquismo como una olla a presión de violencia visceral, Aguilera junto a la guionista Lola Mayo instala una mirada nítidamente femenina y actual. El paisaje árido, reseco y despiadado del coto deja de ser un feudo de hombres para convertirse en el escenario del reencuentro de tres amigas de mediana edad que, bajo un calor asfixiante e insoportable, verán cómo sus dinámicas de complicidad se resquebrajan hasta dejar al descubierto sus secretos más oscuros.


El corazón absoluto de esta desafiante propuesta radica en un diseño de producción que se sostiene sobre los hombros de auténticas leyendas de nuestra cinematografía. Hablar de Carmen Machi y Rossy de Palma son palabras mayores; nos referimos a dos de las más grandes del cine español, actrices de un peso específico incontestable que aquí exhiben una elasticidad dramática prodigiosa. Acompañadas por una siempre soberbia Blanca Portillo y la joven Zoé Arnao, Machi y De Palma se despojan de cualquier atisbo de ligereza para sumergirse en interpretaciones crudas, sudorosas y descarnadas. Sus rostros, capturados en primeros planos opresivos que transmiten la claustrofobia del ambiente, actúan como un mapa de las cicatrices emocionales de una generación de mujeres expuesta a un escrutinio social implacable. El magnetismo icónico de Rossy de Palma, transmutado aquí en una contención cargada de amenaza, y la visceralidad orgánica de Carmen Machi sostienen un pulso interpretativo de alta escuela que justifica por sí solo la experiencia en salas.




Lejos de articularse como un simple thriller de tensiones rurales, Día de caza opera como un demoledor ejercicio de crítica social. A través de conversaciones casuales que escalan con rapidez hacia la hostilidad, la película dinamita la fachada de bienestar y estabilidad de la clase media contemporánea. Temas punzantes como el desgaste de la maternidad, el alcoholismo soterrado, las infidelidades, la presión implacable del éxito profesional y el vacío existencial se arrojan sobre la mesa no como meros resortes melodramáticos, sino como síntomas de una violencia estructural. La cacería física de conejos se transmuta de manera brillante en una cacería psicológica de los propios fantasmas individuales; es una radiografía salvaje sobre cómo la sociedad empuja a las mujeres a devorarse entre sí bajo el peso de expectativas insostenibles. Al final, Pedro Aguilera nos recuerda con crudeza que las tragedias del pasado no se borran con el tiempo y que, sesenta años después de la obra de Saura, la tierra baldía sigue hambrienta de la misma violencia, aunque los verdugos y las víctimas hayan cambiado de piel.





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