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miércoles, 8 de julio de 2026

La estética del exceso: Álex de la Iglesia, el esperpento posmoderno y la autopsia de la España negra




El cine español de finales del siglo XX arrastraba la necesidad imperiosa de sacudirse las inercias del pasado sin perder por el camino su mordacidad crónica. En ese territorio de transición entre la resaca contracultural de la Movida madrileña y la inminente comercialización global del nuevo milenio, la irrupción de Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) supuso una auténtica demolición de los cánones establecidos. 

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Deusto, el director vasco dotó a su aparente caos de una sólida armadura intelectual. Pertenece por derecho propio a la bautizada como "Generación Cinemanía" junto a figuras de la renovación industrial de los noventa como Alejandro Amenábar o Juanma Bajo Ulloa. Este grupo de directores compartía una educación sentimental idéntica: las estanterías de los videoclubs de barrio, las viñetas del cómic underground y las mecánicas de los juegos de rol. Su debut definitivo con el cortometraje Mirindas asesinas (1991) ya funcionó como una declaración de intenciones implacable donde la violencia extrema y el humor negro absoluto no eran meros fuegos de artificio, sino las herramientas de un cirujano dispuesto a rajar la cotidianidad nacional. Impulsado en sus inicios por la audacia productora de la firma El Deseo, de los hermanos Almodóvar, De la Iglesia consolidó una tesis autoral inquebrantable: el exceso, lo grotesque y el esperpento (estilo literario que deforma la realidad para reflejar su verdadera fealdad) no operan para evadir la realidad, sino para actuar como un espejo deformante que nos devuelve la radiografía más honesta de las miserias contemporáneas.



Adentrarse en la caligrafía formal de su filmografía exige despojarse de cualquier expectativa de contención o minimalismo. La puesta en escena de De la Iglesia es intrínsecamente barroca, hiperdinámica y dueña de una expresividad donde el espacio físico se transmuta en un personaje opresivo y narrativo. Sus encuadres huyen sistemáticamente del estatismo plano, construyendo la tensión a través de focalizaciones extremas, composiciones asimétricas y planos contrapicados (ángulos de cámara desde abajo hacia arriba) que distorsionan las proporciones y agigantan la amenaza o el ridículo de sus personajes. El prodigioso inicio de La Comunidad (2000) ilustra a la perfección esta maestría formal: un travelling vertical milimétrico que recorre la fachada exterior de un edificio de la Gran Vía madrileña, desnudando a través de sus ventanas la sordidez, el voyeurismo y las corruptelas de sus habitantes en un contraste violento con la supuesta normalidad de la vía pública. Esta caligrafía visual se sostiene sobre un montaje frenético de cortes abruptos que dictan el ritmo de la comedia y el horror simultáneamente, potenciado por una dirección de arte de paletas cromáticas sobresaturadas y una iluminación de herencia expresionista. Su profunda formación en la narrativa gráfica se evidencia en la planificación geométrica de cada plano, conviviendo con una intertextualidad cinéfila voraz que rinde tributo desde los créditos geométricos al estilo de Saul Bass hasta partituras que homenajean explícitamente las atmósferas asfixiantes que Bernard Herrmann diseñó para Alfred Hitchcock.

Sin embargo, reducir este despliegue visual a un mero ejercicio de pirotecnia posmoderna sería un error de lectura crítico.Las películas de Álex de la Iglesia funcionan como laboratorios humanos enclaustrados —un edificio de vecinos, un bar sitiado, una iglesia de vereda— donde las situaciones límite despojan a los individuos de su barniz de civilización. En Acción Mutante (1993), el cineasta se valió de la ciencia ficción de bajo presupuesto y estética ciberpunk para lanzar una sátira feroz contra una sociedad obsesionada con el éxito material y la dictadura de la perfección estética, convirtiendo la revuelta terrorífica de los mutantes en una metáfora violenta sobre la exclusión social. Dos años más tarde, con la obra cumbre El Día de la Bestia (1995), ganadora de seis premios Goya incluido el de Mejor Dirección, el realizador ejecutó la autopsia definitiva de una España atrapada entre el peso atávico de la tradición religiosa y el ascenso apocalíptico de la telebasura y el sensacionalismo mediático, demostrando cómo los medios de comunicación devoran la verdad para transformar el pánico colectivo en un espectáculo de entretenimiento rentable. Esa misma codicia e individualismo feroz alcanzaría su cénit sociológico en La Comunidad, un microcosmos vecinal donde la ética y los lazos de convivencia se disuelven de inmediato ante la posibilidad de rapiñar un botín millonario, inmortalizando la deshumanización de una clase media urbana dispuesta a devorarse mutuamente por avaricia estructural.

Esta mirada crítica adoptaría tintes mucho más trágicos y viscerales al abordar las fracturas históricas del país. Con Balada triste de trompeta (2010), película que le valió el León de Plata a la Mejor Dirección en el Festival de Venecia, De la Iglesia se distanció de la farsa ligera para sumergirse de lleno en el trauma colectivo de la Guerra Civil y el Franquismo a través de una alegoría circense demoledora. La destrucción mutua y ciega de los dos payasos protagonistas se alza como la representación definitiva del odio fratricida de las "Dos Españas", culminando en un clímax claustrofóbico y pesadillesco en el Valle de los Caídos que subraya la imposibilidad de una reconciliación histórica que no esté impregnada de dolor y monstruosidad. Esa crueldad latente y la paranoia sistémica ante el "otro" volverían a claustrofobizarse en El Bar (2017), donde el miedo al contagio sanitario y al terrorismo invisible dinamita los pactos sociales de un grupo de desconocidos en cuestión de minutos dentro de una típica cafetería madrileña.

Lejos de amansar su discurso con la madurez industrial, el desembarco del realizador en las narrativas de las plataformas globales a través del formato episódico ha supuesto una expansión natural de su universo. Coescrita junto a su habitual guionista Jorge Guerricaechevarría, la serie 30 Monedas (2020-2023) llevó el horror cósmico a la España rural de un pueblo de Segovia, entrelazando el folclore local con conspiraciones vaticanas de escala mundial. Su más reciente incursión televisiva, la miniserie 1992 (estrenada en Netflix en diciembre de 2024), utiliza el reverso nostálgico y oscuro de la Exposición Universal de Sevilla como telón de fondo para un thriller asfixiante de crímenes rituales firmados con la figura de la mascota Curro. El salto a las plataformas no ha diluido su iconoclastia; al contrario, le ha otorgado el metraje necesario para construir cosmologías de horror y posverdad mucho más densas, complejas y globales, demostrando que su crítica al fanatismo colectivo late con la misma fuerza en una pantalla cinematográfica que bajo el consumo a la carta.

Para entender la evolución cronológica y los hitos clave que marcan esta mutación del lenguaje visual de Álex de la Iglesia, es fundamental repasar las estaciones de su trayectoria:

  • Mirindas Asesinas: El Manifiesto del Cortometraje  1991 





Su debut definitivo en el cortometraje establece los códigos inquebrantables de su cine: el sinsentido, la violencia nihilista en un entorno cotidiano (un bar tradicional) y un humor negro negrísimo. Captó la atención inmediata de la industria.

  • Acción Mutante y el Respaldar de El Deseo 1993





Su salto al largometraje gracias a la producción de los hermanos Almodóvar. Una rareza ciberpunk de culto en el cine español que arremete contra el culto al cuerpo y la alta burguesía mediante el código de la ciencia ficción gamberra.

  • El Día de la Bestia: Consagración y Goya 1995






El nacimiento de la "comedia de acción satánica". Conquista la taquilla española y la crítica académica logrando 6 premios Goya. Consagra su icónica alianza de guion con Jorge Guerricaechevarría y redefine el Madrid de los noventa.

  • La Comunidad: El Cénit del Esperpento Vecinal 2000



Homenaje formal a Hitchcock y Saul Bass que encierra las miserias de la clase media en un edificio. Carmen Maura lidera un reparto coral de rostros clásicos de la tradición actoral española en un tour de force de avaricia colectiva.

  • Balada Triste de Trompeta: Reconocimiento en Venecia 2010




Su obra más dolorosa y puramente trágica. Conquista el León de Plata a la Mejor Dirección y el premio al Mejor Guion en el Festival de Venecia, transformando el trauma histórico de la dictadura en una pesadilla circense y expresionista.

  • El Desembarco Serial: De 30 Monedas a '1992' 2020 - 2024











Tránsito definitivo hacia la producción para plataformas globales con Pokeepsie Films. Primero expandiendo el terror religioso en HBO con 30 Monedas y, a finales de 2024, dinamitando la nostalgia institucional española en Netflix con el thriller sevillano 1992.

En última instancia, la trayectoria de Álex de la Iglesia consolida la figura del autor total que ha sabido hermanar el cine de género más comercial con el nervio de la alta crítica cultural. Al reactivar y actualizar la herencia estética de maestros de nuestra tradición como el teatro esperpéntico de Valle-Inclán y el cine satírico de Luis Buñuel o Luis García Berlanga,el director bilbaíno ha logrado reinventar la iconografía de la "España negra" para el espectador del siglo XXI. Su filmografía nos recuerda de forma persistente que, bajo la aparente placidez de nuestras rutinas democráticas y el brillo institucional de las efemérides históricas, siempre habita una pulsión de locura, codicia y crueldad desmedida. De la Iglesia nos sumerge en el monstruo no para que huyamos despavoridos del cine, sino para recordarnos que, cuando el decorado social se derrumba, el verdadero peligro nunca viene de las sombras del más allá, sino del reflejo que nos devuelve el espejo del pasillo.

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